Manifesto

30.04.2009 18:07

Seguramente, en el transcurso de nuestras vidas hemos sentido muchos sismos, algunos débiles y otros de superlativa intensidad. Pero lo más probable es que hubo uno o varios que fueron mayores que un sismo, llegando al nivel de cataclismo. Cuando éste ocurre, todos, absolutamente todos nuestros cimientos se estremecen de tal manera, que los que no se derrumban, quedan muy afectados y tardan mucho tiempo en recobrar su equilibrio. Aún recuerdo el estruendo siniestro y el movimiento oscilante de la calle y de las casas aquella noche oscura durante el terremoto de Caracas de 1967. También podemos revivir fácilmente, el desequilibrio que nos dejó la desaparición física de un familiar cercano. No obstante, sin duda alguna, las masacres son estremecimientos que se dirigen directamente a las raíces más profundas del cuerpo, del alma y del espíritu. Ver atónito cómo se derrumba una persona atravezada por un certero e invisible disparo, no deja más chance que sentir de igual manera, el funesto impacto. La masacre es un tipo de manifestación de la crueldad humana y es más tétrica aún, cuando ha sido planeada para justificar por medio de la razón, posturas políticas. Hoy en día es muy diferente a otras épocas; ahora miles o millones de personas pueden observar con horror por televisión, como caen los heridos o los cuerpos sin vida en medio de la calle y miramos impotentes, la angustia y la desesperación de los presentes que intentan ayudar conscientes de que cada minuto es un aliento de vida que se va.
Con el fin de digerir de alguna forma esta vivencia, presento estas obras divididas en dos partes; es mi método, uno de mis modos de expresar ese nefasto temblor, que nunca quisiéra volver a sentir; y a la vez, testimoniar ese desequilibrio al que hemos sido arrastrados sin ambages, como un recuerdo impertérrito que retumba reiteradamente en cada ciudadano, sólo, para que algún día, desaparezca junto con nosotros. Esta es mi alquimia, mi fórmula de utilizar el arte como único recurso necesario, cuya finalidad es la de sublimar la crueldad humana, rémora de nuestra alma y cuyas razones nunca sabré comprender ni justificar.
Las masacres que se han producido en Venezuela en los últimos meses, son parte del primer tema de esta muestra, al igual que los otros tipos de manifestaciones civiles de contenido político que hemos vivido en ambos lados de la relación de conflictividad social que nos envuelve y que en algunos casos han chocado entre sí, trayendo como consecuencia, enfrentamientos y fatalidades. De esta manera, hemos visto múltiples estrategias políticas de la sociedad toda, como huelgas, excases de productos, diálogos, rumores de todo tipo entre otras. Cada una de ellas, bien sean generadas de uno u otro lado, dejan en el hombre, en su conciencia, motivaciones y frustraciones, valentías y retiradas, ansias y desasosiego, deseos y desesperanzas. Estas son otras motivaciones que me animaron a realizar este trabajo. Trato de sintetizar como objetivo, con creyón y papel, estas experiencias sufridas por cientos de miles de personas. En la segunda parte de la exposición, presento como propuesta, lo que cualquier persona como ser humano ansía para su mundo, contribuir con su acción a la creación y construcción de una mejor sociedad.
Los que han seguido este proceso, notarán que la magnitud de las expresiones sociales y políticas han sido muy grandes. Ha diferencia de la realidad, en mi trabajo se verá grandes vacios y espacio con respecto a los hechos representados; esto es, la magnitud de los acontecimientos para mí, no caben en el papel. En este sentido, el espectador juega un papel fundamental; éste debe estar más allá de la simple actitud del ver y mirar una obra. Mi intención es que al darle una pieza del rompecabezas él asuma dos actitudes frente a la obra. Una, que emergue desde su sí mismo el sentido artístico que todos compartimos, para que asume junto conmigo la función del dibujante y dos, que surge desde el recuerdo, desde la vivencia, el mismo sentimiento que nos embargó a muchos en su momento.
En varias conversaciones sostenidas con mi amigo, el artista plástico Hector Villalobos, hemos analizado la teoría que él denomina, el cuestionamiento del soporte. Al trabajar estos temas, me he encontrado que tanto el soporte material, como su superficie ideal, está limitado matemáticamente en el espacio, por lo que cualquier intento de representar los acontecimientos históricos que nos mueven, resultaría en un esfuerzo minúsculo frente a estos hechos. El resultado es que he tratado el soporte como un recurso referencial de representación, que apenas sirve para dibujar o pintar objetos que simbilizan los hechos o escenas cuasi anunciadas. A mi entender, esto produce dos concecuencias inmediatas. La primera, el juego del espacio en el soporte cuyo sentido subjetivo es el vacio. La segunda, la transformación subjetiva por el espectador de un soporte finito en una superficie infinita cuyo límite lo establece su imaginación. En ambos casos como en una unidad eidética, el espectador completaria, apartir de estos objetos signos meramente referenciales representados en la obra, el resto de la narración, el resto de lo que dice la obra. La consecuencia inmediata de este ejercicio estético, es la pérdida de la dimensionalidad espacial del soporte real mediante la pérdida de la narración temporal de la superficie limitada. El espectador completa los cuadros temporales sucesivos anteriores y posteriores al patentizado en la obra. De esta forma la obra es un primer contacto con el suceso. La invitación es a dibujar conmigo lo que no represento en el límite estricto del soporte. Queda invitado a completar la obra según las dimensiones que mejor le parezca. Queda invitado a narrar, a contar el resto tácito que permanece fuera del papel. Entonces no hay un sólo y único autor, cada espectador que se atreva a dibujarlo idealmente es un autor. La obra evoca la magnitud del objeto que la inspiró. Reducir dicha magnitud vivida es como practicar el reducionismo de la realidad y de lo sentido en su mometo. De este modo invito al espectador a dibujar el resto de la obra, bien sea remembrando el hecho o proyectando con su imaginación lo que sucedió.