Génesis

08.05.2008 18:19

Mi ánimo está más tranquilo, ya pasó la sensación de que el mundo me aplasta sin compasión. Es un estado trágico en mí que sucede con relativa frecuencia. La dirección de esta sensación es desde el exterior hacia mi adentro; es como un ladrón furtivo que acecha mis pasos. Cuando empieza a ocurrir, me pongo a la defensiva y muy atento a cada suceso, pues, si bien sé y tengo consciencia de los estadios de esta “locura”, desconozco por completo la dinámica por la que se produce cada proceso. A veces ocurre que una tontería se convierte en una avalancha; en otras en cambio, grandes o graves situaciones pasan sin ser tomadas en cuenta.
Hace poco transité por uno de esos trances que cualquiera menosprecia sin esperar nada. Sin embargo, estoy convencido, y así mi propia auto observación lo confirma, que su inicio surge en el sentido inverso al proceso, esto es, desde mí hacia el exterior; por consiguiente, sospecho que no hay causa externa que la produzca. Pienso que es una respuesta de mi inconsciente a lo que me derrumba exteriormente, pero no estoy seguro. Uno cree que se conoce y sin embargo, no hay territorio en el universo más distante y extraño; tanto es así que muchos de sus lugares pueden ser muy hostiles, aún cuando lo creamos pacíficos. Pienso que lo mejor para mí, es dejar fluir la respuesta, sin determinar parámetros previamente y sin establecer límites a su dirección. De esta forma, la experiencia se inicia con un deseo muy leve por hacer algo, por desarrollar alguna actividad, sin tomar en cuenta el tipo o clase que sea, hasta convertirse lentamente y con una fuerza atroz y demoledora, en una obsesión agobiante que me bate de un lugar a otro en la cama mientras duermo o en la vigilia, como si estuviera en un kayac río bravo abajo.
He llegado al nivel que, cuando esta situación comienza a surgir, dejo que crezca y aumente de tensión progresivamente para inmediatamente, dejar que se desate haciendo o inventando según mi impulso; menos mal que siempre es un acto creador positivo, es una de sus características. Cuando llega la noche me veo en la imperiosa necesidad de llevarlo a cabo, de concretarlo, pues de lo contrario, no me deja dormir en toda la noche. No obstante, a veces, esa fruta no está aún madura por lo que sus resultados no son suficientes para bajar mis niveles de ansiedad; debo asumirlo en el momento preciso, atajarlo, atraparlo en su instante, ni antes ni después.
Hoy me he despertado con ese ímpetu por hacer, por crear como dirían los muchachos del Sturm und Drang. Me levanto de la cama con algo de frío y con las articulaciones encrochadas; me baño para desaparecer esa pesadez de montaña y al entrar al estudio veo impactada la ocre superficie del escritorio como deseándome, cual mujer desnuda en el lecho. La veo con desgano y siento esa mirada anhelante que me invita a violar su blancura. Lanzo como para cubrir su desnudez, una hoja de papel grande y grueso pero lo que consigo es multiplicar el deseo de tenerla. Tomo una mina 6B, cierro los ojos y con una velocidad vertiginosa más allá de la propia luz, me encuentro rodeado de un paisaje totalmente desconocido en el que mi mente transmuta una imagen a la cual lentamente, pero a la vez muy veloz, intento darle forma para poder reconocerla y darle vida en ese papel. Doy los primeros movimientos de mi mano tratando de no equivocar la línea, ya que tengo en la vida un principio no sé sí bueno o malo: no borrar nada, porque considero que todo, absolutamente todo, tiene un gran valor. El efecto religioso inmediato se traduce en “no-arrepentimiento”. Lentamente entre claros y oscuros, entre líneas curvas y cruzadas, entre manchas por voluntad o por accidente, va surgiendo una silueta. Una vez comenzado el acto creador, no me detengo sino hasta su final. No sé qué marca o determina este final, pero llega con igual intensidad a cuando empezó. Siento la lozanía del papel bajo la punta del grafito, pero también siento la crueldad del lápiz lacerante sobre el blanquecino y hasta ahora inmutable pliego. Mantengo mi empeño, sólo dejo “surgir” de mí. Me tengo prohibido borrar, mas no detenerme hasta un determinado momento. No obstante, una vez traspasado este instante, quedo sujeto a los dictámenes de ellos, al del lápiz, al del papel y sobretodo al de la figura en proceso de creación. De pronto me doy cuenta que arribo a esta frontera y debo asumir el reto, ese futuro inmediato. En verdad, no sé si es el papel o el grafito el causante, o mejor dicho, el anhelante de todo; su deseo llega a niveles de maltratos hacia mí. Más allá de ellos no puedo avanzar, es mi debilidad, apenas soy un humano atrapado en las redes de su propia potencia creadora. Esto es una de mis mayores flaquezas, pero a su vez, es parte de un placer mayor que no se agota, me pregunto, si acaba ¿No sería mi final?
La punta se desliza sin levantarse. En el papel hay un único trazo que no sólo puedo medir estéticamente, sino también por el tiempo que tardo en hacerlo. Dos, tres, cinco horas sin parar, sin levantar la mano. Siento como el grafito se acorta, no por mí que lo desgasto, sino por el papel que lo agota, lo rinde. En cierto momento me cuesta desplazarlo, comienzo a sudar, a somatizar la creación. A pesar de ello, el deseo infinito y profundo por ver el final, me impide desde este momento, detenerme. Ni siquiera puedo dar dos pasos hacia atrás para así ver los ángulos y afinar la imagen. Casi no queda lápiz y mis dedos no sólo han comenzado a tomar su lugar sino que están dibujando, más bien acariciando el papel, una vez suave otras con fuerza violenta. Ya mi índice asumió el lugar del grafito que desapareció definitivamente y actúa sin parar. Sus falanges están desgastándose en la hoja, finalmente ya no están y mi mano inicia la función del lápiz y de los dedos. Lentamente y a medida que transcurre el tiempo, mi mano apenas es una mancha oscura dispersa dentro del papel. El brazo comienza su proceso dibujístico marcando trazos aquí y acullá, resaltando las líneas claras, difuminando las manchas hasta que se consume en un rito transmutador. El codo ahora es como un difuminante que también se agota y se pierde en la superficie. En fin, mi brazo todo, sigue el mismo ritmo en el papel como si buscase una moneda dentro del agua de una fuente. Es un drama con placer. Avanzo, no sé todavía a dónde, no veo resultados. Prácticamente, estoy acostado sobre la hoja, no puedo alzarme, no puedo detenerme, no quiero parar. Es como arena movediza. Casi estoy sumergido en este mundo extraño, plano, cundido de puntos, grises, negros, líneas como grandes avenidas. Ya prácticamente no queda nada de mí fuera del papel. La espalda es lo último que penetra, se sumerge y se desgasta en el pliego.
Todo mi ser está flotando dentro de la hoja. Siento ahora un silencio, una paz que se extiende ad infinitum, una inmensidad que yo sólo no puedo conmensurar ni describir. Tomo consciencia entonces, de cómo el universo deviene su espacio dentro de mí, pero a su vez, el instinto también me dice que soy y me hago infinito. No tengo cuerpo, sino únicamente trazos, sin límites precisos, sólo deseos y espontaneidad en la acción. Poco a poco dentro del papel me voy dando vuelta hacia arriba, para ver nada, para ver eternidad. Me extasío en mí como en mi propia creación. Logré con un acto creador, expandirme más allá de mí y después de mí. Poseo un nivel de consciencia pleno como una chispa de luz que recorre el Cosmos sin encontrar obstáculo. Esta sensación, esta vivencia, provoca el éxtasis del Uno.
No sé cuantas horas pasé delirando de placer universal. Lentamente comienzo a sentir las líneas que después que me han dado espacio sin límites, me determinan de alguna manera y me dicen: esto eres tú. Asumo mi consciencia desde el pliego, de mi mundo que está sobre la mesa de dibujo y ya intentando abrir los ojos para mirar hacia el cielo, veo una figura de pié frente a mí, viéndome, estudiándome, escudriñándome detenidamente como buscando errores pero a la vez magnificado. Mi vista turbada se aclara poco a poco. La luz que penetra por la ventana cae como una caricia sobre su rostro; pero al observarlo detenidamente, tomo consciencia, todo se me aclara. Lo identifico y veo que al que miro y el que me mira no es más que El Creador, El Hacedor. El que me trazó y me creó a su imagen y semejanza. Ahora, espero ansiosamente y con el corazón en la boca, que me dé su aliento, ¡Qué me sople!